Cada hombre tiene un tesoro que lo está esperando
-Paulho Coelho-

domingo, 27 de enero de 2013

El cuento de la última noche

Erase una vez un hombre que tenía miedo a viajar. Todos los días se levantaba, desayunaba con su esposa, visitaba a sus hijos, era un hombre normal, con ansias de vivir, pero miedo a volar. Una noche, tumbado en su cama, pensó en su vida, en todo el camino que había recorrido. Miró a su mujer y la rememoró como la primera vez que la vio, con la sonrisa de un ángel cabalgando por las perlas de su boca, con el brillo de las estrellas como parte de sus ojos, con el calor que solo ella le proporcionaba en cada abrazo. Aquello le hizo sonreír y volvió su mirada hacia la ventana. En ese momento una pequeña gaviota se posó en una rama cercana, y con un grácil aleteo, golpeó con su pico en el cristal. El hombre la miraba haciendo gesto de silencio. La gaviota volvió a llamar.
-¿Podrías abrir la ventana?
El hombre se frotó con fuerza los ojos, ¡las gaviotas no hablan!, pensó.
-Por favor, abre -insistió.
Con sigilo se deslizó por las sabanas, cuidando no hacer ruido. Fue hacia la ventana y la abrió.
-¿Qué quieres? -preguntó sintiéndose no menos ridículo por hablar con un ave.
-¿Por qué no quieres viajar? He oído que tienes miedo a volar.
-Solo los pájaros vuelan, yo no sabría.
-¡Pero si es muy fácil!
-¡No, no lo es! -replicó- es fácil para ti, porque tú sabes volar, ¡eres un ave! probablemente yo movería los brazos al igual que tú agitas tus alas, y me caería, me haría daño.
-Eso, solo es una excusa. El miedo nos vuelve ciegos, pero tú podrías volar. Lo que te ocurre, es que en realidad no quieres hacerlo. Tienes miedo, por ti y por ella -señaló hacia el lado de la cama donde su mujer dormitaba.
El hombre calló en un profundo silencio.
-Sabes que tienes que hacerlo, Ha llegado tu momento.
-Estoy enfermo -musitó.
-Lo sé, y por eso tienes que volar ya y viajar a tu siguiente destino. El dolor pasará.
El hombre siguió sin voz, incapaz si quiera de gritar.
-Duerme.
La gaviota se fue volando. Él volvió a la cama, he tenido que soñarlo, pensaba, las gaviotas no hablan.
Al cabo de unas horas, con la vista fija en la ventana, vio como un mar de olas crecía bajo su casa, una enorme barca se acercó y un hombre le invitó a subir. Por alguna extraña razón le dio un suave beso a su mujer en los labios, robándole en él toda su juventud. Subió a la barca y se pusieron en marcha.
Observaba el cielo cual niño admira a las nubes, sus ojos se posaron en la luna, jamás la había tenido tan cerca, el barquero llevó su pequeño velero justo debajo del gran satélite, había una escalera.
-Sube, te están esperando.
El hombre subió y subió, hasta llegar a la luna y cuando estuvo allí, sus piernas se esfumaron, sus brazos se convirtieron en enormes alas de plumas blancas y se hizo gaviota para volar libre y feliz surcando el cielo repleto de estrellas, desafiando al sol sin ser un Ícaro descuidado... volviendo a sentir el aire y la vida a sus pies...
A la mañana siguiente lo encontraron en la cama, con un sueño eterno sellando sus ojos, y la paz envolviendo su sonrisa, pues las gaviotas viven para siempre...

IN MEMORIAM.

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